ROBARLE AL CAMPO

Perdonarme lo primero, sigo sin prestarle a esto la atención debida, pero por desgracia entre que no paro y entre que las musas no siempre me visitan, pues por uno y por otro la casa sin barrer.
A Dios gracias, hace ya dos semanas se celebraron un par de ferias de caza en Madrid. Las ferias en sí son lo de menos, y además cada año son peores, demostrando edición tras edición un juego absurdo de egos e intereses entre los organizadores de una y otra, y una vez más, por unos y por otros… y la casa sin barrer.
Aún así, estos eventos tienen una cosa buena, y es que te encuentras a buenos amigos, algunos que hace tiempo que no ves, otros que vienen desde lejos a pasar esos días por Madrid con la excusa de las citadas ferias, y como reverso también te encuentras a quien no te apetece nada ver. Pero bueno, como dice mi collera, pasando.
El caso es que gracias a uno de estos encuentros, el último día de FICAAR me vi entre otros, con un compañero de peña y amigo, que en las pocas veces que nos vemos, no para de darme lecciones de la vida, de la caza y muchas otras cosas. Yo, pichón aún, aunque ya algo desplumado, procuro escuchar y aprender. Sí, así obro, como aquella vez de la que hace ya casi un año, en que el muy “joio” me hizo hasta saltar las lágrimas.
Pues bien, el domingo día 4 por la mañana, mientras paseábamos viendo los stands del pabellón de Cristal de la Casa de Campo, me suelta tras preguntarme sobre una escopeta:
-Estoy pensando en volver a cazar con escopeta.
Un servidor, queda pasmado, pero atiende.
-Si, no te extrañes, quiero recuperar esas sensaciones de cuando empecé en las monterías y cazaba con escopeta. Así matas la caza donde debes. Y es que cada vez que mato un cochino o un venado largos, me da la sensación de que le estoy robando al campo.
El hecho me hizo reflexionar, tanto que aquí estamos y bajo el título que estamos. Creo muy sinceramente que a este buen montijano no le falta ni pizca de razón. Nunca me lo había planteado así, si bien siempre me ha gustado poco eso de tirar largo. ¡¡Ojo!! No critico a quien con derecho y sin cortar carreras lo haga. No se me asuste nadie, ningún conocido ni buen amigo. Cada uno es muy libre siempre y cuando respete, perros, perreros, compañeros y carreras.
El tema es que la reflexión lleva dando vueltas a mi cabeza un par de semanas, y pensando he recordado lo que otro amigo y conocido comentaba hace meses en uno de esos foros cinegéticos que solemos todos frecuentar, a modo de mesón de cazadores. Decía este también extremeño, de cicatriz en la cara, barba apretada y voz ronca, que no es que por ejemplo Covarsí fuera un exagerado al contar sus lances tal y como lo hace en sus libros. Con pelos y señales, dándole a los mismo una gran longitud en el tiempo y en la redacción. Simplemente según entiende este amigo, a don Antonio no le quedaba otro remedio, pues dejaba que la caza “lo comiera”, la dejaba cumplir pues el arma que usaba –una escopeta- no le permitía tirar a larga distancia, y por ello ni lo hacía, ni entendía a quien así obraba.
Al final Covarsí, y los monteros de su época mataban la caza cuando debían, por limitación de fuego, pero también por entender que es así como debían obrar. De ahí que él relatará los lances en tantos párrafos, muy largos, pues contaba desde que levantaban la pieza, la ladraban, la divisaba, la dejaba entrar en plaza, y finalmente le entraba y la mataba cuando esta le “enseñaba la muerte”.
Creo que estos pensamientos nos deben llevar una vez más a pensar en como obramos en la montería actual. No soy ningún derrotista, ni un purista exacerbado de esos que ahora tanto abundan. Entiendo la evolución de las cosas, pero del mismo modo no entiendo que se le quite ni al lance, ni a la montería partes propias de su ser.

No sé quizás es que pienso demasiado, pero ya lo dijo Descartes: “Pienso, luego existo”. Con Dios señores.

Un abrazo

F. J. López Maraver

Fotografías: autor y A. L. M.
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