PEÑA DE MONTEROS TEMERÓN, CALENDARIO 2012-2013


UN MAGNÍFICO ENCUENTRO

Es viernes. Han quedado atrás las preocupaciones, los atascos, las largas horas sentados frente a la pantalla del ordenador. Nuestra imaginación recorre encinares, solanas, umbrías y riberos…. Vamos todos con un dulce cosquilleo en el estómago al encuentro de nuestros amigos, con los que nos une esta bendita pasión por la montería, la montería de verdad, la montería de siempre.

Nuestro grupo de monteros, que proceden de muy diversos lugares de España, toma su nombre y bebe del ejemplo de aquel corsario genial de finales del siglo XIX y principios del XX, aquel “Temerón”, José González, que compartió jornadas entre jaras y breñales con el montero genial, D. Antonio Covarsí.

Los traslados al cazadero requerían entonces enormes esfuerzos: “A Dios gracias la noche ha pasado, los perros acollarados no han creado problemas con los ganados de las dehesas, y los lobos no aparecieron al atravesar puertos y portillas. Hemos estado perdidos en el monte bajo una intensa lluvia, que ya no arrecia. Despunta la mañana, y sale el sol que calienta un nuevo y frío día…”. Sin embargo, tras la penosa travesía, se producía un nuevo encuentro entre amigos, entre aquellos apasionados y esforzados amantes de la montería.

Los tiempos han cambiado. Las esforzadas travesías son infinitamente más cómodas. Pero el sentimiento de reencontrar a tus amigos y compañeros no debe ser muy distinto.

La temporada pasada apareció para este nuestro grupo de apasionados una familia que representa como nadie lo que es montear como mandan las tradiciones en las sierras extremeñas.

La familia Higuero entiende desde el principio nuestra idea, comprende nuestros problemas y prepara jornadas donde reina el orden, nada se deja al azar y todo está controlado. Los números, los resultados, no son en absoluto protagonistas.

Por fin se produjo el encuentro con lo que buscábamos, MONTEAR, así en mayúsculas. “Si tenemos la enorme suerte de cazar algo, se verá en la casa”. Lo que adquiere relevancia no es cuánto se caza, sino cómo se caza.

No puede negarse que la perfección no existe, pero cuando se ponen en práctica valores (especialmente el respeto, respeto a la caza, al monte, a la tradición, a los monteros, a los perreros, a los cargueros…) y usos de siempre, se está muy cerca de ella.

Así y con todo ello, cada jornada llegamos a la finca. Poco a poco y tras salir de manera ordenadísima las armadas, alcanzamos los pasos acompañados de gente excepcional como Félix, Sera o Rubén.

Pasa algo el tiempo, despacio, los muleros y cargueros ya están en su sitio y se oye en lontananza la suelta de los perros. Sigue pasando el tiempo, despacio, y asoman en el horizonte, entre las jaras y los alcornoques de la Sierra de San Pedro, un par de jinetes con sus caballos. Se bate a conciencia, se para cuando es preciso, se lleva la mano ordenada y uno se deja llevar…

No hay más que decir, no hay palabra que valga para describir lo vivido. La montería, tan desvirtuada en estos tiempos que corren, adquiere sentido. Uno se siente integrado en la naturaleza y se retrotrae en el tiempo. Tal vez las sensaciones sean muy parecidas a lo que sentían Covarsí y Temerón al escuchar una ladra tras los cochinos.

Un nuevo encuentro, magnífico, único, se produce en el sentir de todos. Cada uno tiene claro su papel. Todo fluye. Nada es forzado. Tras el monteo puro –muy puro- y duro, cada uno cuenta con emoción sus sensaciones, sus vivencias, se come, se comparte y llegan más momentos para el recuerdo.

El reloj no tiene prisa, tampoco nadie la lleva. Mañana, dentro de unos días, o tras algunos meses al pasar la primavera y el estío, tendrá lugar de nuevo, aquel… Sí, ese magnífico encuentro.

A la familia Higuero, simplemente, gracias por hacernos disfrutar.

Peña de Monteros “Temerón”


Fotos (incluida fondo calendario): F. J. López Maraver
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6 PUNTAS/TOROS 6

Ha pasado el quinto mes del año, que cosas de los números, ha estado marcado para los que amamos el monte y la Fiesta, por el número 6, como no podía ser de otra manera. Y es que entre siembras, bosquetes, prados y bardales han asomado esas seis puntas que nos suben la fiebre por primavera. Del mismo modo, en la primera plaza del mundo -a pesar de algunos que tanto se sientan en ella, como que no-, han salido durante casi treinta tardes seis toros, cuando por desgracia no más, por las puertas de chiqueros.

Así el mes ha estado protagonizado además de por el calor, el aire y las tormentas típicas de esta época, por los corzos y por los toros. Queden de otro lado primas de riesgo, Bankia y demás, que de eso no vamos a escribir nunca aquí. Y es que este año uno ha visto menos toros de los que le gustaría, cosas de la economía y del estudio. Si bien, he tenido atracón corcero, con gusto que así no pica a pesar de los sufrimientos.

Respecto a los capreolus ha andado uno por esas tierras del Principado de Asturias, donde no hay tantas perlas, ni puntos, ni grosores como en Castilla, pero donde la gente, el verde, y la caza en toda la extensión de la palabra, ganan a las tierras calizas por goleada. Dos recechos han sido, dos muy distintos, en dos cazaderos muy próximos pero bien diferentes, y donde a Dios gracias, en ambas ocasiones a pesar de fallos, perdones y otras cosas, ha habido suerte.

A mediados de mes tentó a la suerte Angelito -que así llama de siempre uno al primo-, que al segundo día por la tarde, resolvió uno de esos lances tan suyos. ¿Y es que podía ser otro el que matara un corzo desde la ventana de una tejabana (cobertizo)? No, tenía que ser él. ¡¡Menuda cara cuando se asomó y dijo: "Está ahí"!! Aquello fue para verlo, y encima donde fue a caer ese corzo bien "colorao", de cortas luchaderas pero recia cuerna en su conjunto.

Alegría tras cazar en aquella zona tan bonita, sin duda, la más bella del coto, y quedamos en una nueva cita con nuestros amigos astures, para dos semanas más tarde. Entonces, el del rifle iba a ser un servidor. Comencé un viernes, acompañado sólo de Carlos, pues Ángel tenía obligaciones en Madrid, y no llegaría hasta la tarde.

La mañana se presentaba tremenda, buenísima para cazar salvo por un primer momento donde molestó la niebla. Al final, ya con el sol alto, hicimos una buena entrada cerca de casa, y sin darnos cuenta... Ahí estaba, tumbado en el pasto, mostrando su cuerna de largas luchaderas a escasos quince metros de nosotros y sin enterarnos. Dije que no tiraba, acabábamos de empezar. El amigo ya mosca se levantó, y clavó sus ojos en nosotros durante unos segundos durante los cuales, ya apuntando, me entraron las dudas, pero finalmente no tiré. Carrera, parada -dando otra oportunidad- y serie de ladridos.


De allí, al límite, había que hacer un nuevo intento. Una gran entrada, asomada al prado que mejor estaba, y de nuevo... Sorpresa, a poco menos de una veintena de metros pasteaba un coloradísimo corzo, completo, gordo... y ajeno a nuestra presencia. De nuevo: "No, no voy a tirar". Esta vez ni me eché el rifle a la cara para evitar tentaciones. Finalmente, nos ve, y tres minutos de mutua estatua, luego corre, y parada a unos 60 metros. Tomé una decisión dos veces, con todas las consecuencias, y a pesar de todo, y de lo sufrido después, no me arrepiento.

Tras ellos, un corzo mejor en una zona dificilísima de cazar, otras entradas a otros corzos y los dos de aquella mañana, ladridos, carreras y finalmente dos fallos, en tiros que uno que venía crecido, tras lo de Soria, nunca pensó que podría fallar. La cosa se había complicado, estábamos cazando bien, pero llegaba la última salida, había reventado una luna del coche, y decidí dejarlo. No aguantaba más, me había creado una tensión innecesaria, había dejado de disfrutar, y eso no era. No todo puede ser cazar porque sí, tenía que quitarme la losa mental que pesaba sobre mí. Finalmente, quienes conmigo vivieron aquellos momentos de hundimiento cinegético personal, tiraron de mi, y me convencieron. Había que quemar el último cartucho.

Aquella última tarde todo fue distinto. Ni fuimos con mi coche, ni fui con mi rifle, pues Víctor me prestó su 270, no fuera el FN el culpable de aquellos fallos anteriores; y sobre todo, me cambió el rictus, había que dejarse de zarandajas y dedicarse a disfrutar. Al final para aquello estaba allí, y ni el comerme la cabeza, ni los problemas de Madrid, iban a ayudarme a vivir y saborear aquellos ratos.


Está claro que uno no merece, ni tanta comprensión, ni esa amistad total, ni mucho menos tanta suerte. Y es que mi tocayo nos lo cantó. Carlos, Víctor y uno que esto escribe, hicimos la entrada. No era el mejor corzo de los vistos, ni el tiro más corto, pero aquello tenía que ir por ellos. Me apoyé en el trípode, respiré, quité el seguro, y me dí cinco segundos más antes de apretar el gatillo... ¡¡¡Cayó, joder, ya cayó!!! No sabía ni que hacer, no me lo podía creer. Allí, otra vez en La Repolla, y el último día. Faltaba Ángel, pero el teléfono hizo rápido de las suyas.

Esos cuatro días he aprendido de corzos, de recechos y de como hay que ser en esta vida, más que en muchos año pululando por ahí. ¡¡Menuda cura de humildad que me llevé!! De esas buenas, de las que se aprenden, y que Dios nos manda de vez en cuando. Desde luego es un rececho que JAMÁS olvidaré.

Por lo demás el mes ha estado salpicado además de por ese tiempo loco del que ya hablé, por el protagonismo taurino que ha tomado Madrid durante el mes de San Isidro, y la verdad, sé que parezco el eterno pesimista taurino, pero poca cosa halagüeña hay en el horizonte. La "orejitis" facilona, unida a una falta de respeto que roza ya lo esperpéntico de quien se sitúa como salvaguarda de la Fiesta, hace al final un cóctel fatal, ponzoñoso, y que no hay quien pruebe.

Además, el tema ganadero sigue igual, la casta y la bravura brillan por su ausencia salvo en contadas ocasiones. El "mono-encaste" con el beneplácito de los que se dicen figuras, lo inunda todo. Vamos que está la cosa como para ir con ganas. Ahora bien, al final y a pesar de los verbeneros, de los maleducados-irrespetuosos, de los "ganaduros", de las "figuritas", y de todo el circo que rodea al toro, al final sale él. Hecho como Dios manda, con trapío (que no son kilos de más), serio de pitones, y fijo. Empuja, acude, va, embiste... y al final, todo da igual, porque él, y sólo él, pone el orden. Pese a quien pese, por mucho seguidor más propio de cantantes que de toreros que haya, por mucho defensor de la "nobleza", de no cargar la suerte, y de los nuevos cánones que haya. Al final, sólo hay una verdad, y esa la pone, el animal más bello sobre la faz de la tierra... quiera que sea así por muchos años, y a pesar de todo.

Con Dios señores, bastante me han aguantado ya. Por lo demás, ya les digo que anda la cosa parada, y hay poco movimiento montero. Ya se verá. Cuídense mucho.

F. J. López Maraver
Fotos: autor, J. B. F. y A. L. M.

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