LA CANÍCULA

Arde Madrid, las gotas de sudor recorren la espalda de uno cuando desvelado se despierta en medio de la noche. Afuera no bajamos de los veinticinco ni en las sombras, y durante el día, sobre todo por las tardes, saltamos los cuarenta. El campo presenta un amarillo retorcido, abrasado, y tememos, aquí, y en cualquier punto de nuestra geografía, ver esas columnas grises en el horizonte. Aborrecemos el fuego, ese mismo que meses atrás hemos buscado con ahínco nada más llegar al punto de encuentro. El calor, y las brasas, en la canícula son ahora el enemigo.


Quedan muy atrás esos olores que acompañan a las entonces llamas reparadoras, no huele al ajo y pimentón de las migas, ni se nos congela la nariz al tomar aire, es más se nos seca, y la piel ahora se presenta casi en combustión, pica a veces, y está caliente. Vamos, que por mucho que evoquemos otras fechas, es difícil llevar nuestra mente a esos momentos. Ni siquiera otros más cercanos, protagonizados por el verde, la lluvia, los madrugones y las siestas del carnero. Y es que aunque el corzo siga abierto, ahora el juego ha cambiado, y ya mismo sus ardores amorosos, pueden jugarle una mala pasada.

Estamos por tanto en unos momentos complicados para los que vibramos con el latir de ese podenco, o a los que se nos eriza la piel en el momento que oímos rodar esa piedra justo antes del acero. Así es, ahora la canícula reina, San Fermín protagoniza nuestras realidades más camperas, y los hay que nos vale como excusa para pegarnos el madrugón, y al menos ver a ese bello animal, al que muchos desde fuera –y lo que es más grave, desde dentro- le han declarado una guerra unilateral sin posibilidad de defensa para él. No le valen ni los pitones.


Atrás, entre recuerdos corceros quedan también esas tardes de otro extraño San Isidro, y de la sevillana –cada vez más- Feria de Abril. Ahora por delante, la Semana Grande de Bilbao, el Aste Nagusia, y de ahí de nuevo hasta San Miguel y Otoño. Entonces, y otra vez cambio de chip: morral, gorrilla, un puñao de balas, la funda de cuero con “el fierro” dentro, y muchos hartones de kilómetros para encontrarnos con esas alegrías y esa paz que sólo dan el otoño, el invierno y el campo.


Hasta entonces, métanse donde puedan. Ya saben que algunos descerebrados preferimos el norte, huimos de terrenos dorados, y de astros del mismo tono. En pocas semanas, y aún con el castigo solar, la cosa comenzará a tornar, puede que huela hasta humedad, y allá en lo alto de la sierra, o en lo más hondo del ribero, ciertas voces, como trompetas bélicas, nos harán despertar.

Hasta pronto.

FJ López Maraver

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